Uno de los puntos principales de preocupación de muchos padres son las explosiones de rabia de sus hijos. Rabietas, berrinches, pataletas. En definitiva, infinidad de nombres para ese momento tan tenso en el que los padres no saben muy bien cómo actuar. ¿Le riño? ¿Tiro de él para que siga andando? ¿Intento razonar con él? ¿Le levanto del suelo a la fuerza?

Estas reacciones emocionales tan fuertes pueden suceder tanto dentro como fuera de casa y son la herramienta de los niños para conseguir dos cosas. En primer lugar, la rabieta puede servir para conseguir algo que quiero. Por ejemplo, que la mamá me compre la piruleta. En segundo lugar, puede servir para evitar hacer algo que no quiero hacer. Por ejemplo, ya no tengo que comerme el puré de verduras. Y es que muchas veces les funciona. Paraos a pensar por un segundo y seguro que recordáis alguna situación en la que habéis cedido y vuestro hijo se ha salido con la suya. Es una estrategia realmente útil y por eso siguen usándola.

Un típico ejemplo

María está en el parque con su hijo Pablo. Es sábado por la tarde y han ido a jugar con algunos vecinos y compañeros de clase. Mientras María habla con las otras madres y padres, los niños se divierten saltando, persiguiéndose y lanzándose la pelota. Todo es casi idílico hasta que Laura propone jugar a un juego de pelota que a Pablo no le gusta. Pablo coge la pelota y el resto de niños se quejan a sus madres. María entra en acción y obliga a Pablo a que devuelva la pelota porque están jugando todos juntos y tiene que aprender a ser tolerante. Podría ser este el final de la historia, pero Pablo sigue defendiendo su postura y, cuando su madre le quita el balón, se echa a llorar. Acaba lanzándose al suelo y pataleando mientras su madre se pregunta porqué está tan disgustado. Nadie ha reñido al niño, sólo le ha explicado que no puede ser egoísta. La incrédula mamá sigue mirando a su hijo y le habla tratando de calmarlo. “No es para tanto, Pablo. Luego ya jugaréis a lo que tú quieras. No te pongas así, vamos.” Pero el pequeño sigue con su berrinche y María decide llevárselo a casa.

Menos rabietas, más felicidad

Las rabietas suponen un gasto de energía enorme para el niño y para los padres. Además, dejan una sensación de malestar porque ni el niño ni los padres quieren acabar llorando y peleándose. Obviamente, cuantos menos berrinches tenga que sufrir una familia mejor será la convivencia. Ya podremos dedicarnos a jugar, hablar, leer, cocinar, reír.
Entonces, ¿qué le recomendamos a María? Que no haga nada. Pero nada de nada. La próxima vez que Pablo se tire al suelo llorando, María no tiene que intentar razonar con él, ni intentar tranquilizarlo, ni reñirle, ni mirarle con cara de enfado. Nada. Es decir, no queremos que le preste atención. Es precisamente la atención de su madre lo que hace que siga la rabieta. Queremos que Pablo aprenda que las rabietas no son la forma de conseguir lo que quiere. El berrinche se pasará por sí solo, como ha ocurrido tantas otras veces, sin que hagamos nada.
Las primeras veces que María aplique el no hacer nada, el berrinche durará bastante. Hasta ahora a Pablo le ha funcionado, así que seguirá intentándolo. Por eso, María no tiene que desanimarse, las primeras veces será costoso, pero enseguida verá los resultados beneficiosos. A las pocas rabietas Pablo se dará cuenta que el método de toda la vida ya no funciona, tendrá que buscar otras formas de conseguir sus objetivos. Como pedir las cosas de forma calmada.

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